El día de los albañiles y la Teología del Cuerpo

Todas las casas deberían tener un asador.  Bueno para la integración familiar y bueno para la salud.  Les conviene a las señoras, porque los maridos cocinan.  Y les conviene a los hombres también porque el asador es fiesta garantizada.  Nada como reunirse en torno al asador, con unas buenas cervezas, filetes, aguacates, tortillas, hamburguesas y le paro porque ya me está dando hambre.  

Ahora que me ha tocado vivir lejos del suelo donde he nacido, la casa donde estamos no es la excepción y tenemos un asador sobre la terraza.  Muy a la manera americana, “la terraza” es más bien de madera, una tarima voladora.  Un amigo contratista que nos visitó un día nos dijo (entre que asábamos hamburguesas) que a la terraza no le quedaban muchos días de vida… que de hecho se sostenía de milagro. Así que finalmente, reunido el presupuesto, la estamos jubilando a sus 40 años de edad este verano.  Los constructores que vinieron son compatriotas mexicanos míos y los estaba escuchando esta mañana descargando material en dos idiomas.  El primero, espanglish: “¡Watcha la troca pa’que no le peguen!”  Y el segundo francés.  No el francés de Francia que nuestros lectores se imaginan, el francés del Cura de Ars o de Santa Juana de Arco. No. Más bien el francés de México.

Les platico todo esto porque la construcción de la tarima me hizo pensar en la conferencia de esta semana.  Me explico: Christopher West, en su serie de pláticas “Naked without Shame” (o “Desnudos sin Vergüenza”, que por cierto les recomiendo mucho), cuenta el caso de un amigo suyo, inmigrante de Europa del Este, si mal no recuerdo.  Este amigo llegó a Estados Unidos sin hablar inglés y empezó a aprenderlo en el trabajo:  con sus compañeros albañiles.  Porque hemos de decir que este señor trabajaba en la noble industria de la construcción, igual que los señores del párrafo anterior, o igual que mi papá (que como arquitecto se considera “albañil titulado”; saludos, pa).  En fin, nuestro amigo a quien llamaremos “Igor” a falta de otro nombre, sin Berlitz o Rosseta, encontró su forma de aprender inglés.  Cargaba consigo su grabadora y una libretita de notas.  Cuando Igor quería aprender una nueva palabra señalaba y sus compañeros le decían el nombre: “martillo”.  Entonces grababa y escribía en su libreta: “mar-ti-llo”.  Repasaba por las noches y al día siguiente repetía el proceso con nuevas palabras.  Así aprendió todo tipo de vocabulario.  Incluído el vocabulario típico de la industria de la construcción…  Francés americano, supongo.  Y entre sustantivos, verbos y adjetivos, llegó el turno de aprender una expresión que en las orejas de Igor sonaba a algo así como “sol de la playa”, pero que en realidad era más bien algo así como “hijo de la playa”.  No hace falta mucha imaginación para adivinar.  Igor pensaba que en realidad “sol de playa” era una expresión de afecto entre cuates, y eso le bastó para añadirla a su repertorio.

Pero ahí no termina la historia.  Armado ya de una gramática funcional y mucha seguridad en su inglés, unas semanas después, Igor, ferviente y espiritual como es, fue a misa.  Ahí le presentaron a su nuevo párroco a la salida.  El párroco, uno de esos padres muy afectuosos que gusta de abrazar a sus ovejas, hizo lo propio.  Entonces Igor explotó en un carismático arrojo de alegría y hermandad.  Después de todo, ¿qué mejor oportunidad de desearle “sol de la playa” a su párroco, no? Así, nuestro amigo Igor gritó con alegría algo así como al tono de “¡Te quiero un chorro, hijo de la playa!”

No sabemos más qué pasó con Igor después.  Lo que sí nos deja claro Christopher West es la moraleja: el que con lobos anda a aullar aprende. El lenguaje de la sexualidad, explica West, es un lenguaje de amor creado por Dios mismo, integrado en el mismo ser.  “Sexo” no es algo “que se hace”.  “Sexo” es algo que somos, que nos define como espíritus encarnados (si me permiten el terminajo teológico).  De ahí que la sexualidad es un acto de entrega y autodonación, el cual sin entrega total no es más que una sombra de lo que Dios creó.  El ejemplo de West ilustra lo que sucede en nuestra sociedad actual con el idioma del amor: estamos aprendiendo el lenguaje de la sexualidad como quien aprende a hablar en la construcción.  Por eso nos quedamos cortos y con hambre cuando ansiamos comunicarnos con este idioma que Dios inventó, pero que no hemos aprendido a hablar bien.

El trabajo de West no es otra cosa que un muy interesante desglose de la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II:  129 catequesis impartidas por el papa entre 1979 y 1984, sobre el amor, la sexualidad humana y el matrimonio.  Posiblemente a muchos les sorprenderá la invitación abierta que hace el Papa al uso de la sexualidad en lo que el llama la “comunión marital”; pero cuando lo leemos, nos damos cuenta que la premisa de que “sexo y catolicidad están peleados” no es más que una de las miles de falacias difundidas (con o sin querer) en películas, periódicos y demás fuentes de alimentación intelectual del hombre moderno.  Es con base en esta catequesis y la exortación a la alianza de la familia (Familiaris Consortio) que el Padre Francisco Cruz, LC, nos introduce esta semana en el magisterio de la Iglesia sobre el sacramento del matrimonio:  Dios presente en el amor de los esposos, tres personas en una, reflejo vivo de la trinidad.  A pesar de su tono un poco serio, ésta es una muy buena plática en su contenido, por si le quieren dar “play” al vínculo que les anexo.

Hasta la próxima y Pax Christi.

Acerca de Enrique Samson

Publicista, colaborador RC, comunicador por gracia de Dios, orgullosamente ex-a-Tec, y cargando la cruz del noviazgo a larga distancia con un ángel que responde al nombre de Caitlin.
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