Sólo soy una persona

La lluvia paró hace una hora pero sigue haciendo calor.  El termómetro en la ventana de la cocina marca 90 Farenheit.  Trato de hacer la conversión a centígrados en mi cabeza, pero me distraigo con el paisaje.  Es un día de verano en la zona vinícola de Lockport, Nueva York.  Una pequeña franja de bosque divide el jardín de las hectáreas de viñedos que se pierden en la distancia. Un cielo azul entrenublado, sin montañas en el horizonte, contrasta y mancha la planicie verde con luces y sombras que huelen a tierra y paja mojadas.  Los cerezos, cargados de fruta, parecen árboles de navidad.  Si no fuera por el granero rojo y por la bandera americana que ondea en la distancia, pensaría que estoy en algún lugar de Francia.  Sigo tratando de recordar la fórmula de conversión a centígrados pero las risas afuera me distraen.  Parece que hay una niña jugando, pero no. Es una anciana que ríe como niña.

La escena es tan atractiva que salgo de la casa para ver de cerca.  La mujer sonríe de oreja a oreja mientras su yerno empuja la silla de ruedas por el patio.  “¿Otra vuelta?”, le pregunta él.  Pero ella sólo responde con otra sonrisa.  Así es como dice que sí desde hace un par de años.  Uno pensaría que a sus noventa, se hubiera vuelto caprichosa. Pero no.  La demencia senil de los últimos dos años la ha bendecido con no tener que preocuparse de tomar decisiones tan triviales.  Su nueva vocación es disfrutar de la vida al cuidado de su familia.  Su hija sale de la casa, frazada y suéter en mano.  “Mamá nunca sale de su cuarto, no quiero que se resfríe”, me dice mientras viste a la anciana que sigue sonriendo, casi como si no se diera cuenta de lo que sucede a su alrededor.  Me extiende la mano y me da un apretón firme mientras la abrigan para comunicarme que sí se da cuenta; que la está pasando muy bien.  Su yerno le pregunta y me mira con un guiño de complicidad: “¿Quieres verme cortar el pasto unas dos horas?”  La anciana sólo sonríe nuevamente mientras la silla se aleja de mí en reversa y la hija regresa a la casa.

Mientras camino de regreso a mi computadora, no puedo dejar de pensar en esta ancianita.  No la he visto parar de sonreír en diez meses que la conozco y por alguna razón, su alegría es contagiosa y me da mucha esperanza. Uno pensaría que los años hubieran diezmado la belleza de antaño, pero no. La sonrisa la incrementa.  Y así sonríe desde su cama todo el día.  Sus hijas, hijos, yernos, nueras, nietos, nietas, bisnietos, bisnietas y amigos desfilan por turnos por su habitación para acomodarle la cama, bañarla, cambiarla, llevarle la comida, recogerle los platos, platicar con ella, darle masaje, o simplemente pasar a saludarla. A veces pregunta las mismas cosas o pide a sus nietas que se presenten por nombre, pero siempre con una sonrisa que nos contagia a todos los presentes.  A veces me parece que incluso sonríe mientras duerme y me parece que es la sonrisa de Dios diciendo:  “Estoy contento de ver que las cosas son como yo sé que deben ser”.  Es el homenaje de amor que una familia rinde a Dios, y a su madre, abuela y bisabuela.  Homenaje del cual he sido testigo por los últimos diez meses y que no hace más que llenarme de admiración, respeto y honor de ser huésped de tan noble familia.

No puedo dejar de pensar, en contraste, con la conversación que tuve el otro día en México con un hombre de cincuenta y tantos años, también muy cercano a mí.  Hablábamos de otra anciana más joven, su madre.  Asustado por la vejez de ésta me confesó su deseo de buscarle un asilo, como quien habla de cambiar de coche.  Sólo él sabe qué hay en su cabeza que lo motiva a tomar una decisión así con una vida ajena.  Especialmente siendo la vida de la mujer que le dio la existencia y le dedicó tantas horas mientras él no era capaz de bastarse por sí mismo.  No quiero juzgarlo.  Quiero pensar incluso que ya cambió de opinión.

¿Será que es aceptable en nuestro contexto social no tener que retribuir a las atenciones y ciudados de una madre cuando nuestras ocupaciones nos lo impiden? ¿Será que un hijo tiene más derecho que sus padres a ser cuidado, bañado y alimentado cuando cierta etapa de su vida no le permite bastarse por sí mismo, llámese recién nacido o anciano? ¿O será más bien que los padres no tendrán mejores cosas que hacer que cuidar de los hijos, pero los hijos sí tienen ocupaciones reales? ¿Será que las películas, programas y periódicos que vemos y leemos reflejan nuestra realidad?  ¿O será que nos cuesta trabajo dibujar la línea entre la vida real y la ficción?  ¿Será que nuestra sociedad decide en base a sus valores familiares?  ¿O estarán estos valores pasados de moda? ¿Serán los valores cuestión de modas? ¿Quién es más persona: un feto, un anciano, un hombre joven o un enfermo “en estado vegetativo”?

El bien y el mal se entienden con el corazón.  Ya decía San Agustín que la Teología se estudia de rodillas.  Pero vivimos en un mundo racional.  ¿Cómo explicar a los demás o incluso a nosotros mismos, qué está bien y qué está mal?  Fácil. Las bases de la bioética son más sencillas de lo que pensamos.  Esta semana, en la conferencia de la semana en RegnumChristi.org, el padre Gonzalo Miranda, L.C. nos ayuda a descubrir los fundamentos filosóficos de la dignidad de las personas en la segunda parte de su conferencia “Análisis del documento Dignitas Personae”.  Les recomiendo también la primera parte de la serie, publicada la semana pasada.  Es muy útil en entender las bases legales canónicas con conceptos filosóficos como “ontología” o “axiología”, que no son palabras de uso diario.  El padre tiene una manera especial de hacer su plática muy entretenida.  Luego de escucharle, puede que recordemos o no la teoría, pero seguramente los ejemplos son inolvidables.  Muy útiles para dejarnos claras las cosas.

Hasta la próxima y Pax Christi!

Acerca de Enrique Samson

Publicista, colaborador RC, comunicador por gracia de Dios, orgullosamente ex-a-Tec, y cargando la cruz del noviazgo a larga distancia con un ángel que responde al nombre de Caitlin.
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