¡Cuánto aprendemos de nuestros hermanos sacerdotes!

Uno de los regalos que he recibido aquí en Roma en este período navideño han sido – como cada año – las predicaciones. La homilía del Card. De Paolis de la ordenación sacerdotal del 24 de diciembre ya se puede ver y esuchar (en italiano) en nuestra página de Internet.
Pero también mis hermanos legionarios de Cristo compartieron en estos días lo que han meditado y experimentado y me han abierto puertas insospechadas para entrar en el misterio de la Navidad y para ver nuestra vida con los ojos de Dios.
En la misa de medianoche, el P. Gonzalo Miranda, con la chispa y la originalidad de siempre, nos insistió – en el 25º aniversario de su ordenación sacerdotal – que la Navidad es un mensaje de profunda alegría y si seguimos siendo tristes sólo puede haber dos motivos: o no nos enteramos del mensaje o no queremos ser alegres.
En el retiro del 31 de diciembre, el P. David Abad guió nuestra meditación sobre el la frase evangélica: “el Reino de los cielos sufre violencia” y lo que más me hizo reflexionar era un comentario marginal después de haber contemplado el misterio de Belén y las profecías de Simón y Ana: “¿Nos sorprende que desde el inicio de la vida de Jesús y de María estaba presente el sufrimiento? – Pues era la sombra de la cruz, el sufrimiento es la moneda de la redención. Entonces, ¿por qué nos sorprende si también nosotros hemos sufrido algo en este año que termina? No es algo malo en sí. Si lo vivimos con amor, será un camino de redención”.
El día de hoy, inauguramos la serie de “memorias sacerdotales”, las pláticas dominicales donde los nuevos sacerdotes nos cuentan, con corazón abierto, su camino hacia el sacerdocio. Esta mañana escuchamos una “versión ampliada” del testimonio vocacional del P. Jorge Ranninger (un resumen se puede leer aquí). Lo que más se me quedó grabado eran los diálogos vivaces y sinceros que el P. Jorge solía sostener con Dios y que evocaba hoy de manera muy gráfica. Por ejemplo:
En este momento sentía que Dios me pidió un poco de generosidad y que después Él iba a ser sumamente generoso conmigo. Entonces le dije: “Señor, para ti es muy fácil ser generoso; tú eres Dios. Pero para mí es algo bastante más complicado”…
Naturalmente, con unas pocas frases no se puede hacer justicia a toda la riqueza de una homilía o de una plática espiritual. Por esto publico abajo también el texto completo de la homilía que el P. Manuel Cevallos, L.C., perdicó ayer a nuestra comunidad en ocasión de la solemnidad de la Bienaventurada Virgen María Madre de Dios.
Con esto deseo a todos los lectores de este blog un nuevo año muy feliz y, ojalá, que algunos nos compartan lo que han aprendido, meditato y reflexionado en este tiempo navideño. Suyo en Cristo, P. Andreas Schöggl LC
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Solemnidad de la Bienaventurada Virgen María Madre di Dios – Homilía del P. Manuel Cevallos, L.C.
Bajo cierta perspectiva, en la vida del espíritu predominan las pasividades sobre las actividades. Es más aquello a lo cual tenemos que hacer frente que aquello que nace de nuestra iniciativa. Y esto vale para lo adverso (enfermedades, calumnias sufridas), vale para lo neutro (inclemencias climáticas, imprevistos) y vale paro lo positivo (dones y cualidades).
Y esto no es en sí negativo, sino parte de la pedagogía divina. Los dones son las pasividades más importantes y he dicho lo anterior porque hoy celebramos a la Santísima Virgen María quien ha tenido que descubrir, aceptar y vivir sus pasividades extraordinarias. La primera de ellas la festejamos el pasado 8 de diciembre y hoy celebramos la segunda: su maternidad divina, íntimamente unida a su Inmaculada Concepción, como manifiesta admirablemente la Munificentissimus Deus.
¿Cuál es el significado de esta fiesta? ¿Qué aprendemos de María al contemplar esta pasividad suya, este don de la maternidad divina? Les propongo algunas consideraciones al respecto.
Primero: la fidelidad de Dios
La fiesta de hoy exalta a María porque en ella se han cumplido todas las promesas o mejor dicho, La promesa. Dios ha sido fiel y por ello, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva.» María acoge la promesa de la Redención aceptando el llamado a ser madre del Redentor. Tuvo que haber una larga espera a que ese tiempo se cumpliera; Dios es fiel y Ella responde con fidelidad también. Aprendamos de María Madre la fidelidad a los planes de Dios, por muy misteriosos que puedan ser. Ella los descubre en el silencio, en la oración, en el contacto con Él. No nos ilusionemos con el discernimiento que no provenga del contacto personal con Dios. Allí encontraremos la sintonía con su plan sobre nosotros porque Él es fiel.
Segundo: la libertad interior del compromiso
María nos enseña a ser libres interiormente; ella ama acogiendo con la libertad más grande el inmenso don de la maternidad divina. «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón » Es allí donde ella se ofrece a Dios en lo más íntimo: guardando eso en su corazón, llevándolo a Dios como disponibilidad y oblación de sí misma. Eso es ser Madre: aceptar, ofrecer, engendrar el amor.
Tercero: Madre de la Iglesia y madre nuestra
María no solamente concibió al hijo de Dios para que por ella tomara una naturaleza humana, sino que por medio de esa naturaleza de ella asumida fuera el redentor de la humanidad. En el mismo seno virginal en el que Cristo tomó la carne, Dios nos asoció a Jesucristo como cuerpo espiritual formado por todos los creyentes en su Hijo, como nos enseña San Pio X en su encíclica Ad Diem Illum Laetissimum . Todos los que estamos unidos a Cristo somos su carne, su cuerpo místico y, en cierto modo, hemos salido del seno de María como el cuerpo unido a su cabeza[1]. Algunos padres de oriente aludían a esta realidad diciendo que así como en el Antiguo Testamento encontramos prefiguraciones de Cristo en los patriarcas, los reyes y los profetas, de igual modo María está presente ya en la historia de la salvación en miras a ser Madre del nuevo pueblo de Dios. Aprendamos pues, de María Madre de Jesucristo, Madre de Dios, de la Iglesia y Madre Nuestra a generar a Cristo en nuestras obras, a ser retratos vivos de su imagen y así dar a Dios a las almas.
Deseo terminar con una oración de un padre caldeo de la primera mitad del siglo quinto, Balai el Sirio, en el que se alaba a la Madre de Dios y en ella a Jesucristo. Que nuestra vida, como la de María, sea una alabanza a Dios:
Dichosa eres María, tú que lo has concebido. Dichosa tú que lo has dado a luz. Dichosa tú que has nutrido a quien a todos nutre. Dichosa tú que llevaste en tu seno al fuerte que lleva en su poder al mundo entero y todo gobierna […] Dichosa tú porque de tu seno se irradió un resplandor que se difunde sobre toda la tierra, que hoy te llama «Bienaventurada». […] ¡Gloria a ti, nuestro refugio! ¡Gloria a ti, orgullo nuestro, por que a través de tu obra nuestra estirpe fue exaltada al cielo! ¡Alabanza a aquél que surgió de María, que la hizo su madre y quien en Ella se ha hecho niño! ¡Bendito sea el Rey de Reyes que se hizo hombre y exaltó la estirpe humana hasta las alturas del paraíso! ¡Alabanza a quien la envió para nuestra redención y gloria al Espíritu Santo![2]
Amén.

[1]« For is not Mary the Mother of Christ? Then she is our Mother also. And we must in truth hold that Christ, the Word made Flesh, is also the Savior of mankind. He had a physical body like that of any other man: and again as Savior of the human family, he had a spiritual and mystical body, the society, namely, of those who believe in Christ. “We are many, but one sole body in Christ” (Rom. xii., 5). Now the Blessed Virgin did not conceive the Eternal Son of God merely in order that He might be made man taking His human nature from her, but also in order that by means of the nature assumed from her He might be the Redeemer of men. For which reason the Angel said to the Shepherds: “To-day there is born to you a Savior who is Christ the Lord” (Luke ii., 11). Wherefore in the same holy bosom of his most chaste Mother Christ took to Himself flesh, and united to Himself the spiritual body formed by those who were to believe in Him. Hence Mary, carrying the Savior within her, may be said to have also carried all those whose life was contained in the life of the Savior. Therefore all we who are united to Christ, and as the Apostle says are members of His body, of His flesh, and of His bones (Ephes. v., 30), have issued from the womb of Mary like a body united to its head. Hence, though in a spiritual and mystical fashion, we are all children of Mary, and she is Mother of us all. Mother, spiritually indeed, but truly Mother of the members of Christ, who are we (S. Aug. L. de S. Virginitate, c. 6).» SS Pio X, Carta encíclica Ad Diem Illum Laetissimum, 2 de febrero de 1904, n° 10.

[2] Cf. Balai el Sirio, en  La teologia dei Padri, vol 2, p.164.

Acerca de P. Andreas Schöggl, L.C.

Soy legionario de Cristo desde 1993 y recibí la ordenación sacerdotal en 2003. Soy originario de Austria, pero desde 1996 vivo en Roma donde me licencié en filosofía y en teología dogmática. Actualmente trabajo en la secretaría general de la congregación de los legionarios de Cristo y, los domingos, en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe (de Roma).
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Una respuesta a ¡Cuánto aprendemos de nuestros hermanos sacerdotes!

  1. Gustavo dijo:

    Gracias, Padre. Usé la homilia en mi oración. Muy buena.

    Les debemos y necesitamos tanto de los sacerdotes…
    Quiera Dios nunca nos falten.

    Uno de ellos me enseñó con su ejemplo la importancia de pedir perdón y perdonar.
    ¡Qué distinto sería el mundo si todos vivieramos eso…!

    Fue un joven sacerdote que me pidió disculpas, tras confesar (le vi hacerlo), por una discusión seria entre varios sacerdotes ante algunas personas. Él era el menos culpable y el más joven pero el único en pedir perdón y resarcir. Fue todo un ejemplo de humildad para mí y nunca lo olvidaré.

    Y eso sin contar al resto de sacerdotes que me ayudan de diversas maneras.

    En los momentos vitales siempre nos acompañan.

    ¡Ojalá nos moviera siempre el amor a los demás!

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