VIVE LA VIDA… EN VEZ QUE LA VIDA TE VIVA

¿Te doy todo?

“Cuentan la historia del rey que invitaba a todos sus súbditos al festejo de bodas de su hijo con la condición de que llevaran ropajes reales. Dos pobres mendigos, súbditos del rey, deseaban asistir pero no tenían la ropa indicada.

Uno empezó a recoger monedas y fue con el sastre para que le hiciera la ropa. Sin embargo, el sastre viendo las pocas monedas que traía lo mandó de vuelta a la calle. El otro pidió en la corte una entrevista con el rey. Al fin el rey lo recibió y él, temblando, se presentó con los ojos bajos y humildemente le pidió que le prestara ropajes viejos suyos para poder asistir a la boda. El rey lo acogió con una sonrisa, llamó a su hijo y le pidió que le vistieran con su propia ropa para que pudiera estar presente en la gran fiesta.

A veces podríamos pensar que el amor de Dios es consecuencia de nuestras buenas obras y que de alguna manera nosotros ganamos o incluso merecemos o tenemos derecho al amor de Dios porque hacemos esto o aquello, o porque nos portamos bien. Pero no es así.

El amor de Dios es un don gratuito que se da independientemente de nuestros méritos. Dios nos ama en nuestra miseria, imperfección o pecado; y aun sabiendo lo que hay en cada uno de nosotros, da la vida por nuestra salvación. Incluso después de pecar, siempre estará a la puerta de nuestra alma, esperando el momento en que pueda entrar de nuevo.

Extrañamente Dios también nos necesita o más bien quiere necesitarnos. Quiere valerse de nosotros, de nuestra nada, de nuestra pequeñez para hacer el bien que Él solo podría hacer sin nosotros.

Cuando curó a los 10 leprosos quiso que se bañaran en el río y se presentaran con el sacerdote para que se realizara el milagro de su curación. Al dar de comer a las multitudes quiso valerse de los cinco panes y dos pescados que tenían los discípulos. No les dice que era poca cosa. Más bien les pide, y nos pide, que pongamos en sus manos lo poco y lo pequeño que somos, lo poco que tenemos y él se encarga de multiplicarlo en favor de los demás.

Así nos ama Dios: generosamente, desinteresadamente, gratuitamente. Él lo es todo, Él lo da todo. Sin Él no somos nada y no podemos nada. Pero al mismo tiempo quiere partir de nuestra nada, de nuestra pequeñez para multiplicar su amor dentro de nosotros y a través de nosotros en los demás”.

Además de querer compartir contigo esta profunda reflexión del P. Peter Coates, L.C., publicada en el periódico el Norte el 25 de julio; me da la pauta para presentarte otro testimonio de Gonzalo, donde nos motiva a cuestionarnos: ¿qué estoy haciendo con la Palabra de Dios? El Evangelio es una llamada, me pone el reto a dar lo mejor de mí mismo a Dios y a los demás. Hay algo que quiere salir de nosotros mismos y debemos dárselo a Dios para que Él se encargue de multiplicarlo y santificarlo. La llamada de Dios nos puede parecer exigente, pero sin lugar a dudas que nos saca de lo trivial y rutinario que podemos convertir la propia vida. Cuando terminemos de comprender que Dios quiere que le amemos y le demos lo poco o mucho que podamos creer que tenemos, todo cambia, vives la vida y no dejas que te viva la vida. ¡Feliz día!

Acerca de Graciela Garza de Madero

Esposa, mamá de cuatro, suegra de tres y ¡feliz abuela de seis niñas! Miembro de la gran familia del Regnum Christi desde hace más de treinta años. He tenido el privilegio de participar en diversos proyectos como el Centro de formación integral a distancia (CEFID), Núcleos de vida Cristiana y Misión multimedia. Actualmente colaboro en el Centro de Recursos del Regnum Christi y en el Centro de estudios familiares y sociales (CEFAS).
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