Por H. Vicente D. Yanes, L.C.
Con frecuencia pequeñas cosas son indicio de las grandes.
En una rosa está escondido un jardín,
y en la sonrisa de un niño el porvernir del mundo.
No hace mucho, al regresar de las vacaciones, a un grupo de hermanos nos correspondió descargar uno de los camiones. El horario: nocturno, después de cena, con la indicación llegar a la Hora Eucarística en la capilla lo antes posible. El camión: bastante cargado, con los objetos más heterogéneos (alimentos, sábanas, útiles de aseo, perolas, artículos de mar, libros, perchas, papelería…). Los obreros: siete.
La operación fue un éxito. En menos de media hora la caja quedó vacía y todo estaba en su sitio. La clave estuvo en la cooperación de todos. Nadie se desanimó ante una tarea que se vislumbraba agotadora, ni retiró su colaboracion secratemente para procurarse un trabajo más descansado. Cada quien se aplicó lo mejor que pudo, con iniciativa, y aportó su parte insustituible. Y así, el resultado favorable no dependió de la disciplina cuanto de la fraternidad.
Este hecho tan sencillo, de un trabajo cotidiano como tantos en el seminario, refleja las actitudes que como legionarios queremos cultivar en el momento presente de revisión y reflexión. Los análisis, la coordinación conjunta, el interés sincero, la seriedad acompañada del buen humor…, tienen su papel. Pero hay una actitud que es indispensable: la unidad. Unidad en la fraternidad, que es hija de la caridad auténtica. Nadie es infalible. Todos tenemos nuestras limitaciones. Pero ante todo somos hermanos que queremos permanecer unidos. El coraje o la seguridad que en algún momento pueda faltarnos la encontraremos a nuestro lado, en el hermano que aguarda conmigo el futuro. Algo semejante aconsejaba Máximo (Gladiator) a sus compañeros en la arena: “Whatever comes out of that gate, if we work together we can win”.











