El Emaús del Papa Francisco

«Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos[…] Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó”» (Lc 24, 13-21).

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Desde el pasado 13 de marzo, tras la elección del Papa Francisco, he querido escribir unas líneas para compartir la vivencia de estos días en Roma: jornadas intensas, llenas de cansancio, pero cargadas de emociones y gracias de Dios. En mi defensa, debo decir que quería antes rumiar en mi alma todo lo recibido para poder dar un juicio lo más objetivo y profundo posible.

Se ha escuchado de todo en relación al Papa durante este período: «por fin tendremos una Iglesia dedicada solamente a los pobres»; «este Papa limpiará el Vaticano de las inmundicias que lo rodean»; «ya era hora de una reforma dentro de la Iglesia». Y los ha habido más audaces, sugiriendo que el Santo Padre admitirá por fin a las mujeres al sacerdocio o que dará un pronunciamiento más favorable a temas como el aborto.

Me pregunto si no nos está pasando lo mismo que les pasó a los dos discípulos de Emaús, cuyo texto hace de introducción a este artículo. Los contemporáneos de Jesús esperaban de Él muchas cosas y lo etiquetaron casi desde el primer momento: un Mesías político, un Mesías sin cruz, un Mesías a su medida. Y claro, cuando se presentó la sombra de la cruz, la persecución, la contradicción… muchos prefirieron huir a su cómodo pretexto del «Nosotros esperábamos», encerrando en la jaula del egoísmo a la acción de Dios.

Sí, me da la impresión que algo así está sucediendo estos días con el Papa Francisco. Muchas personas –no sólo los medios de comunicación– están ya etiquetándolo según la medida de sus deseos y mucho me temo que se llevarán un chasco cuando pase la luna de miel de los primeros días de Pontificado. Y llegarán los «nosotros esperábamos» ennegreciéndonos la fe.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo ver al Papa con los ojos de Dios? Personalmente me ha ayudado mucho el mismo pasaje del Evangelio de Lucas antes citado. ¿Cómo reconocieron esos dos discípulos que el viajero que los acompañaba era Jesús? No tanto por sus palabras -que también ayudaron, obviamente- sino sobre todo por sus gestos: «Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24, 30). Y fue ahí cuando se percataron de la acción de Dios y entendieron también las palabras que antes Cristo les había referido: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino  y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).

¿Qué gestos nos ha dado el Papa para reconocer la mano de Dios en su ministerio? Yo quisiera principalmente comentarles tres. Puede haber  más, pero a mí son los que más me han marcado en lo profundo del corazón:

1) La oración: ¿cuál fue su primer «acto de gobierno» nada más salir del balcón al ser elegido Papa? Nos puso a todos a rezar. A los miles que estábamos en la Plaza de San Pedro, después de haber esperado bajo la lluvia la fumata blanca, y a los millones que seguían la transmisión a través de los medios de comunicación. De repente, esa supuestamente dividida Iglesia Católica se unió, a una voz, para rezar el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria.


Esto pude comprobarlo después en las repetidas celebraciones a las que pude asistir para la Semana Santa. En todas se le veía la profundidad de alma, la serenidad de espíritu con que celebraba cada Eucaristía, el lento y casi cansado correr de sus palabras al hablar debido al solo pulmón que le queda, el mirar enamorado al cáliz en el momento de la consagración. ¡Aquí está su fuerza! De aquí vendrá la «renovación» que todos desean: una renovación que viene del Evangelio y de Dios.

2) La humildad: me detengo poco en esto, pues se ha hablado ya mucho de esta característica de nuestro Papa y son muchos los gestos que lo han ratificado, por lo demás muy evidentes. Baste recordar la bella escena en que se inclina para recibir la oración que todo el pueblo eleva a Dios por él.

3) La continuidad en la tradición de la Iglesia, junto con Benedicto XVI: este punto, que tal vez resalte menos y puede incluso admirar a otros, me parece fundamental. ¡Y vaya que si lo ha cumplido el Papa Francisco! Algunos ejemplos: en la gran mayoría de sus discursos ha citado o mencionado a Benedicto XVI como referencia; en el inicio de las ceremonias, entra siempre en silencio y reserva como conviene a lo serio de lo que se celebra, tal y como hizo el Papa Benedicto y no con la extroversión que luego muestra al acabar la Liturgia; el báculo que está usando es el de Benedicto XVI, incluso si este es algo más “lujoso” del resto de la indumentaria que usa; la continuidad con las catequesis del Año de la Fe los miércoles.

Claro, sigue también su estilo propio y ¡debe hacerlo! Cada Papa es distinto. Pero lo dirige dentro del cauce que sus predecesores le han marcado.

¿Papa renovador, pobre, etcétera? ¡No etiquetemos al Papa! Dejemos que sea Él el que nos muestre la obra que Dios realizará a través suyo. ¡No tengamos miedo de las sorpresas divinas! Y, por favor, no nos decepcionemos después si algo de lo que “esperábamos” no se cumple. Todo lo contrario: que podamos ver siempre la mano de Dios, que lo sigamos amando, apoyando y que podamos, como esos discípulos de Emaús después de su encuentro con el Señor, salir corriendo a Jerusalén -al mundo entero- para predicar la gran alegría de quien ha visto a Dios.

 

TW: @PJuanRuizJLC

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