Diego, los caballos y el Buen Pastor

Diego es mi amigo. Está por terminar la secundaria el Colegio Cervantes del Bosque, de los hermanos maristas, en Guadalajara. Es charro: hábil como pocos. Pero sobre todo, es un misionero de corazón.

Esta semana santa tuve la oportunidad de estar de misiones con miembros de Familia Misionera en Tequila, Jalisco. Durante una semana 247 misioneros se dedicaron a visitar varias comunidades. Iban casa por casa, a veces la familia completa. Querían hacer presente a la Iglesia en la vida de todos sus hijos. Buscaban salir al encuentro de las personas, especialmente de los alejados.

Diego y su familia fueron a visitar una casa. Parece que no fueron del todo bien recibidos —parte del oficio del misionero, porque ya le sucedió a Jesucristo. Los demás se fueron a otra casa. Pero Diego, quizás un poco triste o algo desanimado, se dirigió al parque que estaba en frente… Sólo Dios sabe lo que pasa en el corazón de un muchacho que está buscando darlo todo y eso es ignorado…

Ahí vio a un señor mayor sentado solo en una banca. Quizás sin pensarlo, y quizás todavía saboreando la amargura del rechazo, Diego se sentó a un lado del anciano. Y con esa espontaneidad que sólo los adolescentes tienen, intentó trabar conversación.

Acabadas las formalidades —los nombres, el clima, las celebraciones de la semana santa, la presencia de los misioneros en la comunidad— el señor informó a Diego que él llevaba mucho tiempo de no ir a la Iglesia, que era un hombre que estaba lejos de Dios. Hubo un momento de silencio que parecía eterno… ¿cómo continuar una conversación con un hombre que es más grande que el propio abuelo, que lleva un bastón porque se mueve con dificultad, que parece no tener ningún interés en el mensaje de un misionero y que no conoces de nada? Pero Diego se aventuró a hablar de algo que lleva en el corazón: los caballos y la charrería.

Pensaba que el anciano se levantaría y se iría renqueando a buscar otra banca en la que no le importunaran. Pero para su sorpresa, aparecieron en el rostro del señor los pocos dientes que le quedaban mientras se le dibujaba una sonrisa. «¿Así que te gustan los caballos, muchacho»?

Y hablando de caballos y de suertes de los charros, quizás sin saber cómo, pasaron los minutos y las horas. Sólo Dios sabe qué pasó en esa conversación, que Diego llegó con este buen hombre de la mano al confesionario en el que yo me encontraba.

«Padre, este señor quiere confesarse. Lleva muchos años…» Por su edad, le hice que saltara la fila para que no tuviera que esperar. Me impresionó la claridad y la sencillez con la que reconocía en qué momentos de su vida había fallado a Dios y a los demás. Pero mucho más cómo deseaba volver a comulgar y cómo fueron las palabras de un muchacho que le hicieron creer de nuevo en la misericordia.

Diego lo estaba esperando a un tiro de piedra. El anciano salió del confesionario y los dos se dieron un abrazo. Me hizo pensar en el abrazo del hijo pródigo… sólo que al revés. Y desde ese día, el señor estaba en primera fila en todas las celebraciones y trataba de ser el primero en comulgar. ¡Había esperando tanto tiempo y ahora podía recibir a Cristo en la comunión!

En la vigilia pascual, Diego llegó algo agitado… Su amigo, el anciano, había llegado con una bolsa de papel en la que tenía los ahorros de toda su vida. Se los estaba ofreciendo a este joven misionero, que se esforzaba por hacerle ver que no podía aceptarlos.

«Es que tú me has dado el mejor regalo. Yo estoy al final de mi vida y gracias a ti he podido “arreglar mis papeles” para poder entrar directito al cielo. Te tengo que pagar con algo. Acepta todos mis ahorros». Después de mucho batallar y argumentar —probablemente también recurriendo nuevamente a los caballos— Diego logró convencer al anciano de que era mejor que se quedara ese dinero, o que lo dejara para ayudar a construir la capilla de su comunidad.

Me resulta un misterio admirable cómo se pasa de hablar de caballos a acercarse a la confesión. Pero no hay duda de que Diego se prestó para ser un instrumento del Buen Pastor. Que gracias a Él Jesús pudo reencontrar a este anciano, que era su oveja perdida desde hace muchos años, y darle un fuerte abrazo.

Enhorabuena, Diego, por este hombre que encaminas para el cielo. ¿Cuántos más están esperando que, como buenos pastores y misioneros, les mostremos el camino de regreso a casa?

 

Benjamín Clariond Domene LC

Acerca de Benjamín Clariond Domene LC

El P. Benjamín Clariond LC nació en Monterrey, México en 1973. Es licenciado en filosofía y licenciado en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Ingresó a la Legión de Cristo en 1991. Hizo la profesión perpetua en 1999. Fue ordenado sacerdote en 2004. Actualmente es el director de la Oficina internacional de comunicación del Regnum Christi y de la Legión de Cristo. Reside en Roma, Italia.
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4 respuestas a Diego, los caballos y el Buen Pastor

  1. María de Jesús dijo:

    Qué maravilla que los jóvenes se presten para que el Buen Pastor encuentre a sus ovejas. Si esto es lo que Diego logró ahora, ¿qué no logrará si se sigue prestando a Dios?

    Creo que tengo que dejarme de rollos y salir de mi comodidad. ¡Felicidades a Diego! A mí también me ayudó su testimonio.

  2. Juan Antonio dijo:

    Yo soy el camino, la verdad y la vida !. Diego, fuiste el puente perfecto para ayudar a este buen anciano a cruzar el puente de la esperanza y reencontrarse con la Verdad y la Vida, con Jesus. Tu’ le dijiste a Jesús sí quiero !, y ‘El te tomó la palabra y compartió contigo tan especial y amoroso milagro. Felicidades !!! Diego , continúa siempre, toda la vida tomado de la mano de Cristo. Y Padre Benjamin, gracias por compartir tan hermosa experiencia. Saludos !. Juan.

  3. Mau dijo:

    Qué buena historia! Me gustaría conocer a Diego y hablar con él. Yo también necesito volver a creer en la misericordia de Dios.

  4. GABRIEL OCHOA HERRERA dijo:

    Querido y admirado Diego Escobar R. Dios te bendiga por esta gran lección de vida, sabes que tienes en mi (tu tío Gabriel) un gran admirador y un amigo al que el tema de Dios y el Caballo tambien lo hacen reflexionar te quiero te admiro, saludos.

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