Tres compañeros en el camino del adviento

 

Corona de adviento

Inicia el tiempo de la esperanza. La voz de la Iglesia nos recuerda en este primer domingo de adviento que el Señor viene, que se acerca, y nos invita a estar vigilantes para que podamos salir a su encuentro en esta navidad acompañados por nuestras buenas obras. Pero corremos el riesgo de que el adviento, que es más bien breve, quede ahogado por otras preocupaciones y que, después de las posadas, nos encontremos con que la navidad ya ha llegado, que los preparativos externos están todos en su lugar, pero quizás no hay lugar para el Niño que nacerá en Belén.

Me preguntaba esta mañana cómo podría aprovecha mejor el adviento este año. Cómo crecer en la esperanza que nos ayuda a dar un paso más, seguros de llegar a la meta. Se lo pregunté también al Señor, porque a mí no se me ocurría gran cosa… y me propuso que me dejara acompañar de tres expertos en esperanza y, por lo mismo, en adviento: Abraham, Juan Bautista, y la Virgen María.

El capítulo 12 del Génesis nos cuenta como Abraham dejó su pueblo y la casa de su padre para ir a una tierra que Dios le mostraría. Le prometió hacer de él un gran pueblo y convertirlo a él mismo en una bendición. Se trata del inicio de las intervenciones de Dios en la historia de los hombres: le podemos poner una fecha, lugares concretos. Y por eso, Abraham nos puede ayudar a descubrir a Dios actuando en nuestra propia historia.


Abraham tiene que ponerse en camino, dejar atrás una vida acomodada, con algunos ídolos familiares a los que tiene que renunciar. Hay una ruptura con el pasado, y una promesa de algo más grande: una tierra, una descendencia numerosa, una bendición. Pero, si analizamos con detalle, descubrimos que Abraham se pone en camino sin saber a dónde iba (Heb. 11, 7), fiándose completamente del que le llamó. Y precisamente porque no sabía exactamente a dónde iba podía estar seguro de que iba por el buen camino porque su punto de referencia no era su inteligencia, sino la voluntad de Dios.

Igualmente nosotros en adviento estamos llamados a ponernos en camino, a dejar atrás lo que no va con el plan divino, con nuestra vocación y misión, y a recordar que la promesa de Dios es irrevocable. Abraham alguna vez intentó hacer las cosas a su estilo y no al de Dios, pero el Señor no le retiró nunca su favor. Igualmente nosotros, por la alianza de amor sellada en el bautismo, aunque no seamos fieles, sabemos que siempre somos hijos y siempre podemos volver a casa y confiar en la promesa, que ni el ojo vio ni el oído oyó.

El segundo compañero de viaje, que encontraremos especialmente en la liturgia  a mitad del adviento es Juan Bautista. Él es el «más grande de los nacidos de mujer» (Cf. Lc. 7, 28), el último profeta del antiguo testamento y el primero del nuevo. Él proclama a viva voz que nos toca ahora «preparar los caminos del Señor y hacer rectos sus senderos» (Mc. 1, 3).

Para los grandes profetas del Antiguo Testamento, la tarea de anunciar la Palabra del Señor podía ser una tarea ingrata, pero era relativamente fácil anunciar un banquete escatológico en el que todos los pueblos se saciarán al final de los tiempos u otras imágenes grandiosas… Creo que nadie esperaba que esos hechos sucedieran durante su vida, sino en un futuro incierto. En cambio, el Bautista es mucho más audaz, y su tarea mucho más difícil. Él nos habla de uno que ya está en medio de nosotros a quien no conocemos (Cf. Jn. 1, 27-28), e identifica a un hombre aparentemente ordinario como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1, 29). El profeta del nuevo testamento debe dar testimonio de uno que ya está aquí, pero que todavía no se manifiesta en su plenitud. Debe mostrar que el Señor se ha hecho hombre y quiere caminar con nosotros en lo ordinario, casi en lo banal, en todo lo que es humano. Y lo hace con todo su ser, aunque sea limitado, porque quiere que Cristo sea acogido por todos, en su corazón y en la sociedad.

El Bautista es buen compañero de adviento porque nos recuerda con su vida que Cristo tiene que crecer y nosotros disminuir (Jn. 3, 30). Él es el amigo del Esposo, que se alegra con su voz. Se reconoce como la voz que proclama la Palabra, pero no busca a atraer a las personas hacia sí mismo, sino hacia Cristo… Nos interpela para que respondamos al Señor y de verdad nos convirtamos, y lo hace de un modo concreto: elevar los valles —nuestros complejos, temores, incertidumbres, pesimismos—, allanar montañas —nuestra soberbia, autosuficiencia, autocomplacencia—, y enderezar nuestras sendas, sobre todo las que se enredan en torno a la búsqueda de nosotros mismos o al olvido de nuestro prójimo. Cada uno sabe cómo y en qué medida se siente interpelado por la ruta que este viajero del adviento nos marca, pero está claro que le imprime una dimensión claramente misionera.

Finalmente, la tercera compañera, que será más visible hacia el final del período del adviento, es la Virgen María, que es nuestra Madre. Ella era una mujer que se sabía pobre, sin méritos propios, y muy amada por Dios (Cf. Lc. 1, 26-48). Acoge el mensaje del ángel con generosidad, con fe, sin dudar, aunque buscando entender… y se queda con el misterio, con muchas cosas sin aclarar y una fe enorme.

¿No hemos pensado muchas veces que seguir a Cristo hará la vida mucho más sencilla y placentera? Y sin embargo, para María, su sí provocó una serie de complicaciones… José, el camino a Belén, Con cuánta ilusión hablaría ella con el Niño en sus entrañas: «Ya te quiero conocer». Y pensaba al leer las Escrituras en el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, y en el siervo doliente, y en tantas otras cosas que no entendía en ese momento, pero que guardaba en su corazón… Y veía también que el Señor le rompía los planes, que ella quería ofrecerle lo mejor, y sin embargo eso no era posible. Seguramente lloró pensando en el frío que pasaría su bebé… pero nunca se arrepintió de haber dicho sí al Señor.

María es experta en la virtud de la esperanza, de confiar más en la Palabra del Señor más que en nuestras propias evidencias. Al mismo tiempo es una mujer práctica, de gran realismo. No esperaba que el ángel le arreglara un lugar en Belén para que naciera el Niño… No se quejó, aunque seguramente estaba cansada de un penoso viaje y mortificada de ver a su José tan preocupado… A lo mejor con lágrimas en los ojos, pero con una confianza inquebrantable, hizo lo mejor que pudo para que el Eterno entrara en el tiempo, para que el Hijo de Dios naciera. Eso le bastaba. Intuía lo que nosotros ya sabemos: Dios es Padre, quiere que caminemos, pero se conforma con nuestro esfuerzo sincero. Él suple el resto. Y en adviento, Ella nos lo recordará. Quizás el villancico “Mary did you know?” nos puede ayudar a saborear lo que la esperanza guarda escondido pero que está por revelarse… Y es que María nos quiere enseñar que Jesús en Belén, nuestro salvador, superará todas nuestras expectativas y todo lo que podríamos imaginar.

Abraham nos ayudará a ponernos en camino confiando en que llegaremos a algo mejor que la tierra prometida. Juan Bautista nos permitirá reconocer al Señor que se acerca ya presente y a darlo a conocer. La Virgen María nos alcanzará la gracia de creer, esperar y amar a Jesús, y a desear profundamente su venida. Sigámosles el paso a los tres y ellos nos ayudarán a llegar a la Navidad bien dispuestos, a que el adviento sea de verdad una ocasión de crecer en la esperanza. Lo que nos espera ahí bien vale la pena.

 

 

Benjamín Clariond Domene LC

Acerca de Benjamín Clariond Domene LC

El P. Benjamín Clariond LC nació en Monterrey, México en 1973. Es licenciado en filosofía y licenciado en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Ingresó a la Legión de Cristo en 1991. Hizo la profesión perpetua en 1999. Fue ordenado sacerdote en 2004. Actualmente es el director de la Oficina internacional de comunicación del Regnum Christi y de la Legión de Cristo. Reside en Roma, Italia.
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Una respuesta a Tres compañeros en el camino del adviento

  1. Anónimo dijo:

    wow

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