Una mirada al corazón – Reflexiones en torno a las Constituciones

Una mirada no es exhaustiva. Normalmente presenta sólo aquella parte del panorama donde se ha concentrado la visión. Es personal, quien ve reflexiona para sí, y si bien toca lo objetivo, no lo abarca completamente. A pesar de sus limitaciones, la impresión de una mirada puede compartirse, transmitirse. Quizás este sea su gran valor: muchas miradas compartidas pueden abrir el alma a realidades que se habían dejado de lado por la propia limitación. Esta es mi humilde mirada, como un pestañeo al Misterio, una reflexión personale sobre los números 8 al 12 de nuestras Constituciones, que buscan desvelar el espíritu de la Legión de Cristo [Parte I, Cap. 2].

Cristocentrismo es una palabra poco común. Quizás porque su terminación en «ismo» denota una cierta «exageración». Pero aplicado a Cristo, ¿acaso se puede tener «suficiente» de Él? En la Legión de Cristo este elemento constituye su característica más propia. Es Cristo, el criterio para discernir las decisiones a tomar y evaluar las ya tomadas, el sentido del vivir y el fin hacia quién se dirigen todas las acciones, el modelo a imitar, a adecuarse, a conformarse, el modelo ejemplar, el ideal. ¿Cuál será la actitud de quien vive así? Buscará colaborar con la gracia para que el Padre Celestial por el Espíritu Santo forme en su corazón los mismos deseos, sentimientos y anhelos de Jesús. ¿Cómo colabora? Con la imitación de Cristo, vivencia de los consejos evangélicos y de la oblación e intercesión al Padre por la Humanidad.

Las Constituciones señalan tres lugares privilegiados para aprender a vivir bajo el criterio de Jesús. En cada uno de ellos se puede – por don de la gracia – experimentar a Jesucristo, que impulsa a todo el que se acerca a Él a amarlo y conocerlo en profundidad, muestra de cómo Él siempre nos supera en el amor. A mi modo de ver, la gran tentación del discípulo-apóstol de hoy, al igual que la de los que acompañaron con sus pies y vieron con sus ojos a Jesús, es la superficialidad. El Evangelio lo deja ver con claridad. Los que seguían a Jesus no entendían su mensaje. Sabían que debían estar con Él, pero no comprendían lo que les enseñaba. El Maestro les iba acompañando con paciencia de la superficie a la profundidad de una realidad nueva, oculta a sus ojos. Parábolas, ejemplo de vida, exhortaciones: ir al fondo, remar mar adentro. Es tan fácil tener un encuentro superficial con Cristo y darse por satisfecho. Hay tantos ejemplos en el Evangelio: curiosidad, crítica, autojustificación.  Por el contrario, es un don tan grande el entrar en el misterio del Hijo de Dios, no sólo como quien lo ve desde el externo y se detiene ante Él, sino como quien busca entrar, convertirse, llegar a ser un hombre que vive en el misterio de Cristo, desde dentro.

Los lugares que se nos presentan piden a Dios esta gracia: déjanos entrar en tu misterio, vivir dentro de él. La Palabra de Dios, Revelación de Dios y su amor a los hombres, la Santísima Eucaristía, memorial de la entrega de Cristo como acto sublime de amor que superó toda creatividad humana, y la santa Cruz, el lugar donde estuvo colgado el Hijo de Dios con espíritu de oblación para la salvación del mundo. De esta manera, el camino trazado nos ofrece la clave de lectura de la profundidad, de la vida en el Espíritu. De aquí parte el capítulo sobre el Espíritu de la Legión de Cristo.

Luego del Cristocentrismo, se presenta el culto al Sagrado Corazón, como quién, después de presentar a una persona, añade: ¡ahora ve a su Corazón! ¿En qué consiste este culto? ¿Cómo se recorre este camino? Normalmente no se puede ver el corazón de una persona. Objeción, se manifiesta en sus acciones. Es cierto. A mi modo de ver, se manifiesta específicamente en sus acciones ocultas, cuando nadie lo ve, pero que se puede intuir. «Sólo Dios conoce los corazones de los hombres». ¿Cómo conocer entonces el corazón de Cristo y rendirle culto? Ni siquiera podemos conocer el corazón de quienes caminan a nuestro alrededor. Quizás con el esfuerzo de una apertura a la gracia hecha oración. ¿Cuál? La súplica que consiste en vivir buscando la la intimidad con Dios. Es decir, ir a fondo en la relación con Él, siempre. A diferencia de los hombres, Dios habita en nuestros corazones, por tanto, en cierta forma su Corazón está en el nuestro. Parece necesario ir a hondo, pedir llegar hasta Él. Sacarlo es una gracia, repito, pero se puede «tocar la puerta» con un trato asiduo y el esfuerzo humilde de conocer su vida y obrar.

Hay una imagen hermosa en el Evangelio que puede ayudar. El Corazón de Cristo fue perforado en su crucifixión por una lanza que portaba una mano titubeante. El golpe de la punta de hierro rosgó el Corazón del Hijo de Dios, del cual salió sangre y agua. Quizás se puede aplicar esta imagen a la vida espiritual: Dios quiere desvelar su Corazón, toca acercarse a Él con amor, buscando ir a profundidad. Quien se deja alcanzar por la sangre y el agua del Corazón Jesus – expresión preclara de su misericordia – cae de rodillas y es transformado. En su corazón comienzan a asomarse la mansedumbre y la humildad, junto al deseo ardiente de instaurar el Reino de Dios. Cristo deja de ser algo del pasado y pasa a ser alguien real, presente, vivo. La Cruz de la propia vida se convierte en una gracia, porque en ella está Dios colgado y en ella también el legionario de Cristo puede ofrecer su vida para la salvación de las almas y la gloria de Dios en un acto de amor y oblación desinteresado.

La característica propia de la Legión de Cristo es el Cristocentrismo, como la razón al hombre. El corazón, órgano noble de donde brota la sangre hacia los miembros del cuerpo, es la caridad. Caridad que es donación de sí, gratuita, universal, delicada. Así, después de mostrar la prioridad de Cristo y de su Corazón, se presenta ahora el corazón de la Legión. La imitación de la Caridad del Hijo de Dios, tan excelsamente descrita por san Pablo:  paciente, amable, no envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad, todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, nunca acaba. También la Constituciones delinean esta caridad describiendo implícitamente el amor de Jesucristo, porque: ¿Acaso no fue Dios ingenioso y abnegado cuando más allá de crearnos por un acto de amor, quiso venir a convivir entre nosotros para atraernos a Él? No conozco un ingenio ni una abnegación mayor. ¿Acaso hay una bondad y sencillez mayor que la de Jesús de Nazaret que recorría las aldeas predicando el Evangelio, curando enfermo y endemoniados, que lloró por Lázaro y rezaba por sus discípulos? ¿Acaso no es el Señor la Misericordia misma, lleno de amor por la debilidad del prójimo? ¿Acaso el Señor no alabo a la viuda, que nadie vio, cuando entregó todo lo que tenía? ¿Acaso no rechazo a los hermanos que luchaban por la herencia material? Él es el criterio, el corazón de la Legión de Cristo es el centro de su Corazón, la caridad.

La exclamación «Venga tu Reino» cataloga instantáneamente el obrar de un legionario de Cristo como oración y donación. Para vivir como ciudadanos del Reino de Cristo se nos invita a tener tres actitudes en el corazón. Profundizar, penetrar, ponderar. Una vez más, la invitación del Espíritu Santo es: «huye de la superficialidad». De hecho, los tres verbos anteriores dicen: «ve a fondo». Profundizar es ir a fondo, involucrase, esforzarse por entrar en el gran misterio de la riqueza de la consagración bautismal, que es la instauración del Reino de Cristo en un alma, cuando Dios habita en ella de manera especial dando un nuevo hijo a la Iglesia. Es un don, nadie se bautiza a sí mismo, transforma, concede el perdón, custodia, se compromete. Profundizar en el haber sido bautizados es un camino, por tanto, no es cuestión de días, sino de un caminar continuo e interior. También dejarse penetrar es ir a fondo, si bien es un pasivo activo. El amor de Cristo hacia la humanidad toca el corazón cuando se ha experimentado la mirada amorosa de Dios en el interior. Estas dos aptitudes van unidas en la invitación de Jesús: «Id y predicad a todos el Evangelio y bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Se podría decir que las Constituciones buscan en este número colocar este deseo del Señor en el corazón del legionario de Cristo.

La tercera actitud es ponderar, dar peso, al valor de cada alma y la urgencia de la misión.  He aquí lo práctico, la misión, que debe estar ordenado a lo esencial. ¿Quizás este capítulo continua llevándonos de lo general a lo especifico, del criterio hacia el modo concreto de vivirlo, con la clave de lectura de profundizar en el Misterio y entrar en Él?

El legionario de Cristo es contemplativo y evangelizador. Es su vida interior. Es un error considerar la vida contemplativa y la vida de evangelización separadamente. Son dos caras de la misma vida espiritual. Van juntas, como en este número. Como lo intrínseco y lo extrínseco. No se pueden separar sin destruir a quien lo vive. Por tanto, la pedagogía de Dios, ordinariamente, es similar en ambos casos. Comienza con momentos de grandes éxitos y emociones, que van purificándose llevando a una noche oscura, en la cual se da el amor verdadero, en su sentido más excelso, como una donación total de sí en las manos del Padre, a imitación de Cristo.

En su dimensión contemplativa Dios va llevando al alma – ordinariamente y por acción de la gracia – de la reflexión, el silencio y la oración a la unión con Él y constatación de la prioridad de la gracia. Y entre ellas, la Cruz como escuela de vida interior. ¿Acaso no se aplica lo mismo a la dimensión evangelizadora? Creo que sí. ¿Qué son entonces los fracasos apostólicos y las dificultades? A mi parecer, lo mismo que la aridez y a las exigencias de la vida de oración, es decir, un crecer y ser purificados por medio de la Cruz. El evangelizar es parte del mismo camino de unión con Dios. Contemplación y Evangelización equivalen a oración interior y oración exterior, dos aspectos de una misma realidad. Las características se aplican a ambos: pasión, disciplina, donación, amor verdadero, olvido de sí, abnegación, celo, etc. Una imagen puede ayudar a expresar esta realidad: En una noche de invierno (mundo sin Dios), Dios coloca en una pequeña chimenea (el corazón) unos pequeños leños (talentos), enciende una llama (deseo de Dios), y comienza el fuego (oración interior, contemplación) del cual comienza a expandirse el calor (oración exterior, evangelización). Por tanto, la prioridad es siempre de la acción de Dios. No pueden separarse las llamas del calor, ni el calor de las llamas. Contemplativo y evangelizador son dos caras de la vida interior.

He aquí el viaje de la corteza al interior del corazón: amores del legionario (CLC13-17), nuestra vida interior (CLC12,Contemplativo y Evangelizador),  el frontispicio de nuestros corazones (CLC11,¡Venga tu Reino!), nuestro corazón (CLC 10,la caridad), y, en lo más profundo del corazón, Cristo (CLC8) y su Corazón (CLC9).

 

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