Cuaresma: Recibir el cielo de regalo mirando a Cristo

Son muchos los pasajes del Evangelio que se pueden elegir para ilustrar el mensaje central de la Cuaresma: el clásico de las tentaciones de Jesús en el desierto, la invitación siempre actual a «convertirse y creer en la Buena Nueva», la conmovedora parábola del Hijo Pródigo… y tantas otras. Sería un buen propósito espiritual comenzar la Cuaresma buscando en silencio un pasaje de la vida de Cristo en el cual profundizar. Darle vueltas en el corazón. Regalarle tiempo y oración. Pedir a Dios que, a través de él, nos hablé de un modo nuevo en nuestro hoy concreto. Es una gran muestra de amor a Dios abrir con generosidad las puertas del alma dispuestos a dejarnos guiar espontáneamente por Él, sin tener en mente una respuesta prefabricada.

Este fue el método de oración que rápidamente aprendió un tal Dimas, mundialmente conocido como “el buen ladrón”. El Evangelio de Mateo menciona a dos ladrones – y no a uno – que, crucificados junto a Jesús, se burlaban de Él. Lo injuriaban cruelmente desde el inicio de la crucifixión. Me pregunto qué sentiría Jesús al escuchar sus voces de fondo. Por otra parte, el Evangelio de Lucas añade un detalle importante: uno de ellos – quién sabe cómo – cambió de actitud. Algo sucedió en su corazón. ¿Cómo llegamos a este punto? Al parecer este ladrón en unos cuarenta minutos, y no en cuarenta días, se dejó “jalar” el corazón por Cristo agonizante, que moría a su lado. ¡Qué Cuaresma!

Pocas –  pero suficientes – son las pistas que nos da el Evangelio sobre la vivencia de esta cápsula cuaresmal. El ladrón se miró a sí y se juzgó culpable. Luego miró a Cristo y lo juzgo inocente. Abrió la pobreza de su corazón y Cristo lo enriqueció con una frase que cualquiera de sus discípulos hubiese querido escuchar: «te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». Resumamos esta experiencia en dos momentos.

En primer lugar, la Cuaresma invita a mirarse y mirar a Cristo. Estas dos acciones no pueden separarse so peligro de algún riesgo espiritual. Conviene mirarse si – y sólo si – inmediatamente después nuestra mirada se volteará hacia Cristo. Si te ves egoísta, mira a Cristo generoso. Si te encuentras vanidoso y agitado, mira a Cristo manso y humilde… y la lista continúa. Es un gran error pensar que Dios nos abandona porque no llegamos a la talla. Ésta es la primera enseñanza del buen ladrón: conviene mirar los propios pecados si se está dispuesto a dejarse deslumbrar por Cristo. Él ladrón se miró: «Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos». Pero no terminó ahí la historia, sino que miró a Cristo: «Éste en cambio no ha cometido ningún crimen». Sencillamente se dejó fascinar por Cristo: toda una práctica cuaresmal.

En segundo lugar, la Cuaresma nos propone prepararnos para recibir el cielo. Tras la experiencia anterior el ladrón expresó un deseo, una jaculatoria del interior o una oración espontánea: «Acuérdate de mí, Señor», es decir, dame un espacio en tu Corazón. ¿Qué pensaría Dimas cuando minutos después observaría el corazón de Cristo traspasado? No sabría colocarlo en palabras. Lo cierto es que al instante escuchó del Señor aquella frase que a todos nos hace temblar, en la que Cristo mismo le aseguró que viviría eternamente en su presencia, cielo incluido naturalmente. De modo que el buen ladrón esta vez no intentó robar, sino que recibió el cielo de regalo. Cristo se lo dio.

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